Me miro en el espejo picado de la posta y apenas me reconozco. Hace seis meses llegué con el título bajo el brazo, con la promesa de salvar al mundo; hoy, solo soy una sombra que intenta ganarle horas al cansancio. No soy solo un Médico Serumista; soy el confesor de un pueblo que el mapa olvidó, el que opera con la luz de un celular y el que llora en silencio cuando el oxígeno se acaba y la carretera está bloqueada por las lluvias.
Anoche no dormí. Llegó una madre cargando a su niño, cruzando cerros bajo la tormenta. Mientras el resto del país celebraba un feriado o dormía en camas calientes, yo estaba aquí, en este frío que cala los huesos, intentando estabilizar una vida con insumos que yo mismo tuve que comprar de mi bolsillo porque "el presupuesto no llegó".
Mi juventud: Se queda entre estas paredes descascaradas.
Mi familia: Son solo una voz distorsionada por la mala señal de una videollamada de dos minutos.
Mi salud: Postergada. He olvidado lo que es comer a mis horas o dormir sin el sobresalto de que alguien golpee la puerta de la posta a las tres de la mañana.
Lo que más duele no es el barro en las botas, ni la falta de luz. Lo que desgarra el alma es saber que para el Estado soy solo un número, un "obligado" que debe cumplir una cuota. Me exigen informes impecables mientras camino kilómetros para vacunar a un solo anciano, arriesgando mi vida en camionetas destartaladas por abismos que quitan el aliento.
A veces, cuando el silencio de la sierra se vuelve ensordecedor, me pregunto: ¿Vale la pena? Veo a mis amigos en la ciudad, subiendo fotos en restaurantes, haciendo sus especialidades, viviendo la vida que yo también gané con años de estudio. Y luego miro las manos callosas de un abuelo que me regala una papa sancochada como todo agradecimiento, y siento una culpa punzante.
Si mañana me pasara algo en esta ruta olvidada, sería solo un titular de diez segundos. Mi silla en la posta sería ocupada por otro joven ilusionado a quien le romperán el corazón igual que a mí. Pero aquí sigo, porque si yo me voy, el pueblo se queda solo con su dolor.